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COMPETENCIA CON LAS MÁQUINAS

 

 

 

Disipar la ansiedad generada por el advenimiento de los robots se ha convertido en una de las principales preocupaciones de la apologética empresarial. El sentido común –que está muy lejos de ser ingenuo– dice que cuanto más automatizados sean los puestos de trabajo, habrá menos puestos de trabajo para los humanos. El ejemplo estelar es el automóvil sin conductor. Si los automóviles pueden conducirse a sí mismos, ¿qué ocurrirá con los chóferes, taxistas, y sucesivamente con otros?

La teoría económica nos dice que nuestras preocupaciones carecen de fundamento. Asociar máquinas a trabajadores aumenta la producción de los trabajadores por cada hora que trabajan. Por lo que ellos tienen una opción envidiable: trabajar menos por el mismo salario que antes percibían o trabajar la misma cantidad de horas para obtener un mayor salario. Y, a medida que cae el costo de las mercancías existentes, los consumidores tendrán más dinero para gastar en mayor cantidad de las mismas mercancías o en mercancías diferentes. No hay razón para esperar una ­pérdida neta de puestos de trabajo humanos o esperar cualquier otra situación que no sea una que muestre mejoras continuas en los estándares de vida.

La historia sugiere que debería ocurrir lo antedicho. Durante los aproximadamente últimos 200 años, la productividad ha ido en constante aumento, especialmente en Occidente. Las personas que viven en Occidente han optado por ambas situaciones: mayor tiempo de esparcimiento y mayores ingresos.

¿Cuántos puestos de trabajo humanos existentes están “en riesgo” de perderse debido a los robots? Según un valiosísimo informe del McKinsey Global Institute (MGI), aproximadamente el 50% del tiempo dedicado a actividades de trabajo humano en la economía mundial podría, teóricamente, automatizarse hoy en día, a pesar de que las tendencias actuales sugieren un máximo de un 30% hasta el 2030, dependiendo principalmente de la velocidad de adopción de nuevas tecnologías.

Los economistas siempre han creído que las olas anteriores de destrucción de puestos de trabajo llevaron a un equilibrio entre la oferta y la demanda en el mercado laboral, arribando a un nivel más alto tanto de empleo como de ganancias. Sin embargo, si los robots realmente pueden reemplazar, no sólo desplazar, a los humanos, es difícil ver un punto de equilibrio hasta que la misma raza humana se torne superflua.

El informe del MGI rechaza una conclusión tan sombría. A largo plazo, la eco­nomía puede ajustarse para proporcionar un trabajo satisfactorio para todos los que lo deseen. “En la sociedad en su conjunto, las máquinas pueden asumir un trabajo rutinario, peligroso o sucio, y pueden permitir que usemos nuestros talentos intrínse­camente humanos de modo más pleno y disfrutemos de más tiempo libre”. Sin embargo, hay algunas brechas graves en esta argumentación.

La primera se refiere a la duración y el alcance de la transición de la economía humana a la economía automatizada. Aquí, el pasado puede ser una guía menos confiable de lo que creemos, porque el ritmo más lento del cambio tecnológico significaba que el reemplazo de los puestos de trabajo se mantuvo a la par con el desplazamiento laboral. En la actualidad, el desplazamiento –y por lo tanto la perturbación– ocurrirá con mucha mayor rapidez, porque se está inventando y difundiendo tecnología mucho más rápido. El informe de McKinsey dice: “En las economías avanzadas, todos los escenarios dan como resultado el pleno empleo hasta el 2030, pero la transición puede incluir periodos de mayor desempleo y ajustes salariales” a la baja.

Lo anterior plantea un dilema para los formuladores de políticas. Cuanto más rápido se introduce la nueva tecnología, más puestos de trabajo son tragados por dicha tecnología, pero también más rápido se concretan los beneficios prometidos. El informe del MGI rechaza los intentos de limitar el alcance y el ritmo de la automatización, ya que ello “limitaría las contribuciones que estas tecnologías aportan al dinamismo empresarial y al crecimiento económico”.

Teniendo en cuenta esta prioridad, la principal respuesta en cuanto a políticas llega de manera automática: inversión masiva, en una “escala de plan Marshall”, en educación y capacitación de la fuerza de trabajo para garantizar que se enseñen a los seres humanos las habilidades críticas que les permitan hacer frente a la transición.

El informe también reconoce la necesidad de garantizar que “los salarios estén vinculados al aumento de la productividad, de modo que la prosperidad se comparta con todos”. Pero ignora el hecho de que los recientes aumentos de productividad han beneficiado de manera abrumadora a una pequeña minoría.

Una vez que hemos aprendido a hacer algo más eficientemente (a un costo menor), no existe posibilidad de volver a hacerlo de manera menos eficiente. La única pregunta que nos queda es cómo los humanos pueden adaptarse mejor a la exigencia de un estándar más alto de eficiencia.

¿Un mundo en el cual estamos condenados a competir con máquinas para producir cantidades cada vez mayores de ­bienes de consumo es un mundo en el que vale la pena vivir? Y, si no podemos guardar esperanzas sobre poder controlar dicho mundo, ¿cuál es el valor de ser humano? Estas preguntas pueden estar fuera del alcance de los datos a los que se remite McKinsey, pero no deben estar fuera de los límites del debate público.

 

 

 

Fuente:     www.lavanguardia.com